Crimen y Castigo
Crimen y Castigo La niña, en vez de contestarle, acercó a él su carita, contrayendo y adelantando los labios para darle un beso. De súbito, aquellos bracitos delgados como cerillas rodearon el cuello de Raskolnikof fuertemente, muy fuertemente, y Polenka, apoyando su infantil cabecita en el hombro del joven, rompió a llorar, apretándose cada vez más contra él.
‑¡Pobre papá! ‑exclamó poco después, alzando su rostro bañado en lágrimas, que secaba con sus manos‑. No se ven más que desgracias ‑añadió inesperadamente, con ese aire especialmente grave que adoptan los niños cuando quieren hablar como las personas mayores.
‑¿Os querÃa vuestro padre?
‑A la que más querÃa era a Lidotchka ‑dijo Polenka con la misma gravedad y ya sin sonreÃr‑, porque es la más pequeña y está siempre enferma. A ella le traÃa regalos y a nosotras nos enseñaba a leer, y también la gramática y el catecismo ‑añadió con cierta arrogancia‑. Mamá no decÃa nada, pero nosotros sabÃamos que esto le gustaba, y papá también lo sabÃa; y ahora mamá quiere que aprenda francés, porque dice que ya tengo edad para empezar a estudiar.
‑¿Y las oraciones? ¿Las sabéis?