Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Su madre y su hermana, en cambio, no cesaban de abrazarlo, de estrujarlo, de llorar, de reÃr… Él dio un paso, vaciló y rodó por el suelo, desvanecido.
Gran alarma, gritos de horror, gemidos. Rasumikhine, que se habÃa quedado en el umbral, entró presuroso en la habitación, levantó al enfermo con sus atléticos brazos y, en un abrir y cerrar de ojos, lo depositó en el diván.
‑¡No es nada, no es nada! ‑gritaba a la hermana y a la madre‑. Un simple mareo. El médico acaba de decir que está muy mejorado y que se curará por completo… Traigan un poco de agua… Miren, ya recobra el conocimiento.
Atenazó la mano de Dunetchka tan vigorosamente como si pretendiera triturársela y obligó a la joven a inclinarse para comprobar que, efectivamente, su hermano volvÃa en sÃ.
Tanto la hermana como la madre miraban a Rasumikhine con tierna gratitud, como si tuviesen ante sà a la misma Providencia. SabÃan por Nastasia lo que habÃa sido para Rodia, durante toda la enfermedad, aquel «avispado joven», como PulquerÃa Alejandrovna Raskolnikof le llamó aquella misma noche en una conversación Ãntima que sostuvo con su hija Dunia.