Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¡Ah, señor, mi querido señor! ‑exclamó Marmeladof, algo repuesto‑. Tal vez a usted le parezca todo esto tan cómico como a todos los demás; tal vez le esté fastidiando con todos estos pequeños detalles, miserables y estúpidos, de mi vida doméstica. Pero le aseguro que yo no tengo ganas de reÃr, pues siento todo esto. Todo aquel dÃa inolvidable y toda aquella noche estuve urdiendo en mi mente los sueños más fantásticos: soñaba en cómo reorganizarÃa nuestra vida, en los vestidos que pondrÃan a los niños, en la tranquilidad que iba a tener mi esposa, en que arrancarÃa a mi hija de la vida de oprobio que llevaba y la restituirÃa al seno de la familia… Y todavÃa soñé muchas cosas más… Pero he aquÃ, caballero ‑y Marmeladof se estremeció de súbito, levantó la cabeza y miró fijamente a su interlocutor‑, he aquà que al mismo dÃa siguiente a aquel en que acaricié todos estos sueños (de esto hace exactamente cinco dÃas), por la noche, inventé una mentira y, como un ladrón nocturno, robé la llave del baúl de Catalina Ivanovna y me apoderé del resto del dinero que le habÃa entregado. ¿Cuánto habÃa? No lo recuerdo. Pero… ¡miradme todos! Hace cinco dÃas que no he puesto los pies en mi casa, y los mÃos me buscan, y he perdido mi empleo. El uniforme lo cambié por este traje en una taberna del puente de Egipto. Todo ha terminado.