Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Dios mÃo, ¿adónde hemos venido a parar? ‑preguntó, ya en la habitación, Pulqueria Alejandrovna a su hija.
‑TranquilÃzate, mamá ‑repuso Dunia, quitándose el sombrero y la mantilla‑. Dios nos ha enviado a este hombre, aunque lo haya sacado de una orgÃa. Se puede confiar en él, te lo aseguro. Además, ¡ha hecho ya tanto por mi hermano!
‑¡Ay, Dunetchka! Sabe Dios si volverá. No sé cómo he podido dejar a Rodia… Nunca habrÃa creÃdo que lo encontrarÃa en tal estado. Cualquiera dirÃa que no se ha alegrado de vernos.
Las lágrimas llenaban sus ojos.
‑Eso no, mamá. No has podido verlo bien, porque no hacÃas más que llorar. Lo que ocurre es que está agotado por una grave enfermedad. Eso explica su conducta.
‑¡Esa enfermedad, Dios mÃo… ! ¿Cómo terminará todo esto… ? Y ¡en qué tono te ha hablado!
Al decir esto, la madre buscaba tÃmidamente la mirada de su hija, deseosa de leer en su pensamiento. Sin embargo, la tranquilizaba la idea de que Dunia defendÃa a su hermano, lo que demostraba que le habÃa perdonado.
‑Estoy segura de que mañana será otro ‑añadió para ver qué contestaba su hija.