Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑SÃ, sÃ; tiene usted razón ‑se excusó el estudiante‑; me he olvidado de algo que no debà olvidar, y estoy verdaderamente avergonzado. Pero usted no debe guardarme rencor porque haya hablado asÃ, pues he sido franco. No crea que lo he dicho por… No, no; eso serÃa una vileza… Yo no lo he dicho para… No, no me atrevo a decirlo… Cuando ese hombre vino a ver a Rodia, comprendimos muy pronto que no era de los nuestros. Y no porque se hubiera hecho rizar el pelo en la peluquerÃa, ni porque alardease de sus buenas relaciones, sino porque es mezquino e interesado, porque es falso y avaro como un judÃo. ¿Creen ustedes que es inteligente? Pues se equivocan: es un necio de pies a cabeza. ¿Acaso es ése el marido que le conviene… ? ¡Dios santo! Óiganme ‑dijo, deteniéndose de pronto, cuando subÃan la escalera‑: en mi casa todos están borrachos, pero son personas de nobles sentimientos, y a pesar de los absurdos que decimos (pues yo los digo también), llegaremos un dÃa a la verdad, porque vamos por el buen camino. En cambio, Piotr Petrovitch… , en fin, su camino es diferente. Hace un momento he insultado a mis amigos, pero los aprecio. Los aprecio a todos, incluso a Zamiotof. No es que sienta por él un gran cariño, pero sà cierto afecto: es una criatura. Y también aprecio a esa mole de Zosimof, pues es honrado y conoce su oficio… En fin, basta de esta cuestión. El caso es que allà todo se dice y todo se perdona. ¿Estoy yo también perdonado aquÃ? ¿SÃ? Pues adelante… Este pasillo lo conozco yo. He estado aquà otras veces. AllÃ, en el número tres, hubo un dÃa un escándalo. ¿Dónde se alojan ustedes? ¿En el número ocho? Pues cierren bien la puerta y no abran a nadie… Volveré dentro de un cuarto de hora con noticias, y dentro de media hora con Zosimof. Bueno, me voy. Buenas noches.