Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Y cuando Rasumikhine le hubo soltado, se quedó mirándole fijamente y lanzó una carcajada. Rasumikhine permaneció ante él, con los brazos caÃdos y el semblante pensativo y triste.
‑Desde luego, soy un asno ‑dijo con trágico acento‑. Pero tú eres tan asno como yo.
‑Eso no, amigo; yo no soy un asno: yo no pienso en tonterÃas como tú.
Continuaron su camino en silencio, y ya estaban cerca de la morada de Raskolnikof, cuando Rasumikhine, que daba muestras de gran preocupación, rompió el silencio.