Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Esta media botella que ve usted aquà está pagada con su dinero ‑continuó Marmeladof, dirigiéndose exclusivamente a Raskolnikof‑. Me ha dado treinta kopeks, los últimos, todo lo que tenÃa: lo he visto con mis propios ojos. Ella no me ha dicho nada; se ha limitado a mirarme en silencio… Ha sido una mirada que no pertenecÃa a la tierra, sino al cielo. Sólo allá arriba se puede sufrir asà por los hombres y llorar por ellos sin condenarlos. SÃ, sin condenarlos… Pero es todavÃa más amargo que no se nos condene. Treinta kopeks… ¿Acaso ella no los necesita? ¿No le parece a usted, mi querido señor, que ella ha de conservar una limpieza atrayente? Esta limpieza cuesta dinero; es una limpieza especial. ¿No le parece? Hacen falta cremas, enaguas almidonadas, elegantes zapatos que embellezcan el pie en el momento de saltar sobre un charco. ¿Comprende, comprende usted la importancia de esta limpieza? Pues bien; he aquà que yo, su propio padre, le he arrancado los treinta kopeks que tenÃa. Y me los bebo, ya me los he bebido. DÃgame usted: ¿quién puede apiadarse de un hombre como yo? DÃgame, señor: ¿tiene usted piedad de mà o no la tiene? Con franqueza, señor: ¿me compadece o no me compadece? ¡Ja, ja, ja!
Intentó llenarse el vaso, pero la botella estaba vacÃa.
‑Pero ¿por qué te han de compadecer? ‑preguntó el tabernero, acercándose a Marmeladof.