Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Lo mejor, mamá, será que vayamos ahora mismo a casa de Rodia. Allà veremos lo que conviene hacer. Además, ya es hora de que nos marchemos. ¡Más de las diez! ‑exclamó la joven después de echar una ojeada al precioso reloj de oro guarnecido de esmaltes que pendÃa de su cuello, prendido a una fina cadena de estilo veneciano. Esta joya contrastaba singularmente con el resto de su atavÃo. «Un regalo de su prometido», pensó Rasumikhine.
‑SÃ, Dunetchka, ya es hora ‑dijo Pulqueria Alejandrovna, aturdida e inquieta‑; ya es hora de que nos vayamos. Al ver que no llegamos, podrÃa creer que estamos disgustadas con él por la escena de anoche. ¡Dios mÃo, Dios mÃo… !
Mientras hablaba se ponÃa apresuradamente el sombrero y la mantilla. Dunetchka se compuso también. Sus guantes estaban no solamente desgastados, sino agujereados, como pudo ver Rasumikhine. Sin embargo, esta evidente pobreza daba a las dos damas un aire de especial dignidad, como es corriente en las personas que saben llevar vestidos humildes. Rasumikhine contemplaba a Avdotia Romanovna con veneración y se sentÃa orgulloso ante la idea de acompañarla. Y pensaba que la reina que se arreglaba las medias en la prisión debÃa de tener más majestad en ese momento que cuando aparecÃa en espléndidas fiestas y magnÃficos desfiles.