Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¡Dios mÃo! ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna‑. Nunca me habrÃa imaginado que pudiera causarme temor una entrevista con mi hijo, con mi querido Rodia. Pues la temo, Dmitri Prokofitch ‑añadió, dirigiendo al joven una tÃmida mirada.
‑No debes inquietarte, mamá ‑dijo Dunia, abrazándola‑. Ten confianza en él como la tengo yo.
‑Confianza en él no me falta, hija ‑dijo la pobre mujer‑. Pero no he dormido en toda la noche.
Salieron de la casa.
‑¿Sabes lo que me ha pasado, Dunetchka? Que esta mañana, cuando empezaba, al fin, a quedarme dormida, la difunta Marfa Petrovna se me ha aparecido en sueños. Iba vestida de blanco. Se ha acercado a mÃ, me ha cogido de la mano y ha sacudido la cabeza con aire severo, como censurándome… ¿No te parece que esto es un mal presagio? ¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo… ! Oiga, Dmitri Prokofitch: ¿sabÃa usted que Marfa Petrovna murió?
‑¿Marfa Petrovna? No sé quién es.
‑Pues sÃ, murió de repente. Y figúrese que…
‑¡Pero, mamá; si te ha dicho que no sabe quién es!