Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Dunia, feliz y agradecida, se apoderó al punto de la mano de Rodia y la estrechó tiernamente. Era la primera demostración de afecto que recibía de él después de la querella de la noche anterior. El semblante de la madre se iluminó ante esta reconciliación muda pero sincera de sus hijos.
‑Ésta es la razón de que le aprecie tanto ‑exclamó Rasumikhine con su inclinación a exagerar las cosas‑. ¡Tiene unos gestos… !
«Posee un arte especial para hacer bien las cosas ‑pensó la madre‑. Y ¡cuán nobles son sus impulsos! ¡Con qué sencillez y delicadeza ha puesto fin al incidente de ayer con su hermana! Le ha bastado tenderle la mano mientras le miraba afectuosamente… ¡Qué ojos tiene! Todo su rostro es hermoso. Incluso más que el de Dunetchka. ¡Pero, Dios mío, qué miserablemente vestido va! Vaska, el empleado de Atanasio Ivanovitch, viste mejor que él… ¡Ah, qué a gusto me arrojaría sobre él, lo abrazaría… y lloraría! Pero me da miedo… , sí, miedo. ¡Está tan extraño! ¡Tan finamente como habla, y yo me siento sobrecogida! Pero, en fin de cuentas, ¿qué es lo que temo de él?»