Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑No se preocupe usted ‑repuso Zosimof sonriendo afectuosamente‑. ImagÃnese que es mi primer paciente. Los médicos que empiezan sienten por sus primeros enfermos tanto afecto como si fuesen sus propios hijos. Algunos incluso los adoran. Y yo no tengo todavÃa una clientela abundante.
‑Y no hablemos de ése ‑dijo Raskolnikof, señalando a Rasumikhine‑. No ha recibido de mà sino insultos y molestias, y…
‑¡Qué tonterÃas dices! ‑exclamó Rasumikhine‑. Por lo visto, hoy te has levantado sentimental.
Si hubiese sido más perspicaz, habrÃa advertido que su amigo no estaba sentimental, sino todo lo contrario. Avdotia Romanovna, en cambio, se dio perfecta cuenta de ello. La joven observaba a su hermano con ávida atención.
‑De ti, mamá, no quiero ni siquiera hablar ‑continuó Raskolnikof en el tono del que recita una lección aprendida aquella mañana‑. Hoy puedo darme cuenta de lo que debiste sufrir ayer durante tu espera en esta habitación.
Dicho esto, sonrió y tendió repentinamente la mano a su hermana, sin desplegar los labios. Esta vez su sonrisa expresaba un sentimiento profundo y sincero.