Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Sí, sí; tiene usted razón. Volveré a inscribirme en la universidad cuanto antes y entonces todo irá como sobre ruedas.
Zosimof, cuyos prudentes consejos obedecían al deseo de lucirse ante las damas, quedó profundamente decepcionado cuando, terminado su discurso, dirigió una mirada a su paciente y advirtió que su rostro expresaba una franca burla. Pero esta decepción se desvaneció muy pronto: Pulqueria Alejandrovna empezó a abrumar al doctor con sus expresiones de gratitud, especialmente por su visita nocturna.
‑¿Cómo? ¿Ha ido a veros esta noche? ‑exclamó Raskolnikof, visiblemente agitado‑. Entonces, no habréis dormido, no habréis descansado después del viaje…
‑Eso no, Rodia: sólo estuvimos levantadas hasta las dos. Cuando estamos en casa, Dunia y yo no nos acostamos nunca más temprano.
‑Yo tampoco sé cómo darle las gracias ‑dijo Raskolnikof a Zosimof, con semblante sombrío y bajando la cabeza‑. Dejando aparte la cuestión de los honorarios, y perdone que aluda a este punto, no sé a qué debo ese especial interés que usted me demuestra. Francamente, no lo comprendo, y por eso… , por eso su bondad me abruma. Ya ve que le hablo con toda sinceridad.