Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¿Es posible que todos me temáis? ‑dijo Raskolnikof, esbozando una sonrisa.
‑SÃ, te tememos ‑respondió Dunia con expresión severa y mirándole fijamente a los ojos‑. Mamá incluso se ha santiguado cuando subÃamos la escalera.
El semblante de Raskolnikof se alteró profundamente: parecÃa reflejar una agitación convulsiva.
Pulqueria Alejandrovna intervino, visiblemente aturdida:
‑Pero ¿qué dices, Dunia? No te enfades, Rodia, te lo suplico… Bien es verdad que, desde que partimos, no cesé de pensar en la dicha de volver a verte y charlar contigo… Tan feliz me sentÃa con este pensamiento, que el largo viaje me pareció corto… Pero ¿qué digo? Ahora me siento verdaderamente feliz… Te equivocas, Dunia… Y mi alegrÃa se debe a que te vuelvo a ver, Rodia.
‑Basta, mamá ‑dijo él, molesto por tanta locuacidad, estrechando las manos de su madre, pero sin mirarla‑. Ya habrá tiempo de charlar y comunicarnos nuestra alegrÃa.