Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¡No, no! Puede quedarse… Pero le ruego, Dmitri Prokofitch, que venga usted también a comer con nosotros.
‑Yo también se lo ruego ‑dijo Dunia.
Rasumikhine asintió haciendo una reverencia. Estaba radiante. Durante un momento, todos parecieron dominados por una violencia extraña.
‑Adiós, Rodia. Es decir, hasta luego: no me gusta decir adiós… Adiós, Nastasia. ¡Otra vez se me ha escapado!
Pulqueria Alejandrovna tenÃa intención de saludar a Sonia, pero no supo cómo hacerlo y salió de la habitación precipitadamente.
En cambio, Avdotia Romanovna, que parecÃa haber estado esperando su vez, al pasar ante Sonia detrás de su madre la saludó amable y gentilmente. Sonetchka perdió la calma y se inclinó con temeroso apresuramiento. Por su semblante pasó una sombra de amargura, como si la cortesÃa y la afabilidad de Avdotia Romanovna le hubieran producido una impresión dolorosa.
‑Adiós, Dunia ‑dijo Raskolnikof, que habÃa salido al vestÃbulo tras ella‑. Dame la mano.
‑¡Pero si ya te la he dado! ¿No lo recuerdas? ‑dijo la joven, volviéndose hacia él, entre desconcertada y afectuosa.
‑Es que quiero que me la vuelvas a dar.