Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¡Y ayer nos entregó usted hasta su última moneda! ‑murmuró Sonetchka bajando de nuevo los ojos.
Otra vez sus labios y su barbilla empezaron a temblar. Apenas había entrado, le había llamado la atención la pobreza del aposento de Raskolnikof. Lo que acababa de decir se le había escapado involuntariamente.
Hubo un silencio. La mirada de Dunetchka se aclaró y Pulqueria Alejandrovna se volvió hacia Sonia con expresión afable.
‑Como es natural, Rodia ‑dijo la madre, poniéndose en pie‑, comeremos juntos… Vámonos, Dunetchka. Y tú, Rodia, deberías ir a dar un paseo, después descansar un rato y luego venir a reunirte con nosotras… lo antes posible. Sin duda te hemos fatigado.
‑Iré, iré ‑se apresuró a contestar Raskolnikof, levantándose‑. Además, tengo cosas que hacer.
‑¿Qué quieres decir con eso? ‑exclamó Rasumikhine, mirando fijamente a Raskolnikof‑. Supongo que no se te habrá pasado por la cabeza comer solo. Dime: ¿qué piensas hacer?
‑Te aseguro que iré. Y tú quédate aquí un momento… ¿Podéis dejármelo para un rato, mamá? ¿Verdad que no lo necesitáis?