Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Mientras hablaba con ella, Raskolnikof la observaba atentamente. Era menuda y delgada, muy delgada, y pálida, de facciones irregulares y un poco angulosas, nariz pequeña y afilada y mentón puntiagudo. No podÃa decirse que fuera bonita, pero, en compensación, sus azules ojos eran tan lÃmpidos y, al animarse, le daban tal expresión de candor y de bondad, que uno no podÃa menos de sentirse cautivado. Otro detalle caracterÃstico de su rostro y de toda ella era que representaba menos edad aún de la que tenÃa. ParecÃa una niña, a pesar de sus dieciocho años, infantilidad que se reflejaba, de un modo casi cómico, en algunos de sus gestos.
‑No comprendo cómo Catalina Ivanovna ha podido arreglarlo todo con tan escasos recursos, y menos, que todavÃa le haya sobrado para dar una colación ‑dijo Raskolnikof, deseoso de que la conversación no se interrumpiera.
‑El ataúd es de los más modestos y toda la ceremonia será sumamente sencilla… O sea, que no le costará mucho. Entre ella y yo lo hemos calculado todo exactamente; por eso sabemos que quedará lo suficiente para dar la colación de funerales. Esto es muy importante para Catalina Ivanovna y no se la debe contrariar… Es un consuelo para ella… Ya sabe usted cómo es…
‑Comprendo, comprendo… También mi habitación es muy pobre. Mi madre dice que parece una tumba.