Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¡Todo, todo se lo ha bebido! ‑gritaba, desesperada, la pobre mujer‑. ¡Y estas ropas no son las suyas! ¡Están hambrientos! ‑señalaba a los niños, se retorcÃa los brazos‑. ¡Maldita vida!
De pronto se encaró con Raskolnikof.
‑¿Y a ti no te da vergüenza? ¡Vienes de la taberna! ¡Has bebido con él! ¡Fuera de aquÃ!
El joven, sin decir nada, se apresuró a marcharse. La puerta interior acababa de abrirse e iban asomando caras cÃnicas y burlonas, bajo el gorro encasquetado y con el cigarrillo o la pipa en la boca. Unos vestÃan batas caseras; otros, ropas de verano ligeras hasta la indecencia. Algunos llevaban las cartas en la mano. Se echaron a reÃr de buena gana al oÃr decir a Marmeladof que los tirones de pelo eran para él una delicia. Algunos entraron en la habitación. Al fin se oyó una voz silbante, de mal agüero. Era Amalia Ivanovna Lipevechsel en persona, que se abrió paso entre los curiosos, para restablecer el orden a su manera y apremiar por centésima vez a la desdichada mujer, brutalmente y con palabras injuriosas, a dejar la habitación al mismo dÃa siguiente.