Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Lo cierto es ‑dijo Porfirio, que apenas podÃa mantenerse en su puesto de juez‑ que ahora comprendo casi enteramente sus puntos de vista sobre el crimen. Pero… Perdone que le importune tanto (estoy avergonzado de molestarle de este modo). Oiga: acaba usted de tranquilizarme respecto a los casos de error, esos casos de confusión entre las dos categorÃas; pero… sigo sintiendo cierta inquietud al pensar en el lado práctico de la cuestión. Si un hombre, un adolescente, sea el que fuere, se imagina ser un Licurgo, o un Mahoma (huelga decir que en potencia, o sea para el futuro), y se lanza a destruir todos los obstáculos que encuentra en su camino… , se dirá que va a emprender una larga campaña y que para esta campaña necesita dinero… ¿Comprende… ?
Al oÃr estas palabras, Zamiotof resolló en su rincón, pero Raskolnikof ni le miró siquiera.
‑Admito ‑repuso tranquilamente‑ que esos casos deben presentarse. Los vanidosos, esos seres estúpidos, pueden caer en la trampa, y más aún si son demasiado jóvenes.
‑Por eso se lo digo… ¿Y qué hay que hacer en ese caso?
Raskolnikof sonrió mordazmente.