Crimen y Castigo
Crimen y Castigo «Ha soltado su perorata como un actor consumado», se dijo Raskolnikof.
‑¡Que les escupa! ‑exclamó amargamente‑. Eso es muy fácil de decir. Mañana, nuevo interrogatorio. Me veré obligado a rebajarme a dar nuevas explicaciones. ¿Es que no me humillé bastante ayer ante Zamiotof en aquel café donde nos encontramos?
‑¡Asà se los lleve a todos el diablo! Mañana iré a ver a Porfirio, y te aseguro que esto se aclarará. Le obligaré a explicarme toda la historia desde el principio. En cuanto a Zamiotof…
«Al fin lo he conseguido», pensó Raskolnikof.
‑¡Óyeme! ‑exclamó Rasumikhine, cogiendo de súbito a su amigo por un hombro‑. Hace un momento divagabas. Después de pensarlo bien, te aseguro que divagabas. Has dicho que la pregunta sobre los pintores era un lazo. Pero reflexiona. Si tú hubieses tenido «eso» sobre la conciencia, ¿habrÃas confesado que habÃas visto a los pintores? No: habrÃas dicho que no habÃas visto nada, aunque esto hubiera sido una mentira. ¿Quién confiesa una cosa que le compromete?
‑Si yo hubiese tenido «eso» sobre la conciencia, seguramente habrÃa dicho que habÃa visto a los pintores, y el piso abierto ‑dijo Raskolnikof, dando muestras de mantener esta conversación con profunda desgana.