Crimen y Castigo

Crimen y Castigo

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Era difícil imaginar una pobreza mayor y un mayor abandono; pero Raskolnikof, dado su estado de espíritu, se sentía feliz en aquel antro. Se había aislado de todo el mundo y vivía como una tortuga en su concha. La simple presencia de la sirvienta de la casa, que de vez en cuando echaba a su habitación una ojeada, le ponía fuera de sí. Así suele ocurrir a los enfermos mentales dominados por ideas fijas.

Hacía quince días que su patrona no le enviaba la comida, y ni siquiera le había pasado por la imaginación ir a pedirle explicaciones, aunque se quedaba sin comer. Nastasia, la cocinera y única sirvienta de la casa, estaba encantada con la actitud del inquilino, cuya habitación había dejado de barrer y limpiar hacía tiempo. Sólo por excepción entraba en la buhardilla a pasar la escoba. Ella fue la que lo despertó aquella mañana.

‑¡Vamos! ¡Levántate ya! ‑le gritó‑. ¿Piensas pasarte la vida durmiendo? Son ya las nueve… Te he traído té. ¿Quieres una taza? Pareces un muerto.

El huésped abrió los ojos, se estremeció ligeramente y reconoció a la sirvienta.

‑¿Me lo envía la patrona? ‑preguntó, incorporándose penosamente.

‑¿Cómo se le ha ocurrido ese disparate?


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