Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Y puso ante él una rajada tetera en la que quedaba todavÃa un poco de té, y dos terrones de azúcar amarillento.
‑Oye, Nastasia; hazme un favor ‑dijo Raskolnikof, sacando de un bolsillo un puñado de calderilla, cosa que pudo hacer porque, como de costumbre, se habÃa acostado vestido‑. Toma y ve a comprarme un panecillo blanco y un poco de salchichón del más barato.
‑El panecillo blanco te lo traeré en seguida pero el salchichón… ¿No prefieres un plato de chtchis? Es de ayer y está riquÃsimo. Te lo guardé, pero viniste demasiado tarde. Palabra que está muy bueno.
Cuando trajo la sopa y Raskolnikof se puso a comer, Nastasia se sentó a su lado, en el diván, y empezó a charlar. Era una campesina que hablaba por los codos y que habÃa llegado a la capital directamente de su aldea.
‑Praskovia Pavlovna quiere denunciarte a la policÃa ‑dijo.
Él frunció las cejas.
‑¿A la policÃa? ¿Por qué?
‑Porque ni le pagas ni lo vas a hacer: la cosa no puede estar más clara.