Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Es lo único que me faltaba ‑murmuró el joven, apretando los dientes‑. En estos momentos, esa denuncia serÃa un trastorno para mÃ. ¡Esa mujer es tonta! ‑añadió en voz alta‑. Hoy iré a hablar con ella.
‑Desde luego, es tonta. Tanto como yo. Pero tú, que eres inteligente, ¿por qué te pasas el dÃa echado asà como un saco? Y no se sabe ni siquiera qué color tiene el dinero. Dices que antes dabas lecciones a los niños. ¿Por qué ahora no haces nada?
‑Hago algo ‑replicó Raskolnikof secamente, como hablando a la fuerza.
‑¿Qué es lo que haces?
‑Un trabajo.
‑¿Qué trabajo?
‑Medito ‑respondió el joven gravemente, tras un silencio.
Nastasia empezó a retorcerse. Era un temperamento alegre y, cuando la hacÃan reÃr, se retorcÃa en silencio, mientras todo su cuerpo era sacudido por las mudas carcajadas.
‑¿Has ganado mucho con tus meditaciones? ‑preguntó cuando al fin pudo hablar.
‑No se pueden dar lecciones cuando no se tienen botas. Además, odio las lecciones: de buena gana les escupirÃa.