Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Es cierto que tengo aquà conocidos ‑dijo el visitante, sin responder a la pregunta principal que se le acababa de dirigir‑. Ya me he cruzado con algunos, pues llevo tres dÃas paseando. Yo los he reconocido y ellos me han reconocido a mÃ, creo yo. Es natural que sea un hombre bien relacionado. Voy bien vestido y se me considera como hombre acomodado, pues, a pesar de la abolición de la servidumbre, nos quedan bosques y praderas fertilizados por nuestros rÃos, que siguen proporcionándonos una renta. Pero no quiero reanudar mis antiguas relaciones; hace ya tiempo que estas amistades no me seducen. Ya hace tres dÃas que voy vagando por aquÃ, y todavÃa no he visitado a nadie… Además, ¡esta ciudad… ! ¿Ha observado usted cómo está edificada? Es una población de funcionarios y seminaristas. Verdaderamente, hay muchas cosas en que yo no me fijaba hace ocho años, cuando no hacÃa otra cosa que holgazanear e ir por esos cÃrculos, por esos clubes, como el Dussaud. No volveré a visitar ninguno ‑continuó, fingiendo no darse cuenta de la muda interrogación del joven‑. ¿Qué placer se puede experimentar en hacer fullerÃas?
‑¡Ah!¿HacÃa usted trampas en el juego?