Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Basta ya ‑dijo Raskolnikof‑. Su proposición es de una insolencia imperdonable.
‑No estoy de acuerdo. Según ese criterio, en este mundo un hombre sólo puede perjudicar a sus semejantes y no tiene derecho a hacerles el menor bien, a causa de las estúpidas conveniencias sociales. Esto es absurdo. Si yo muriese y legara esta suma a su hermana, ¿se negarÃa ella a aceptarla?
‑Es muy posible.
‑Pues yo estoy seguro de que no la rechazarÃa. Pero no discutamos. Lo cierto es que diez mil rublos no son una cosa despreciable. En fin, fuera como fuere, le ruego que transmita nuestra conversación a Avdotia Romanovna.
‑No lo haré.
‑En tal caso, Rodion Romanovitch, me veré obligado a procurar tener una entrevista con ella, cosa que tal vez la moleste.
‑Y si yo le comunico su proposición, ¿usted no intentará visitarla?
‑Pues… no sé qué decirle. ¡Me gustarÃa tanto verla, aunque sólo fuera una vez!
‑No cuente con ello.
‑Pues es una lástima. Por otra parte, usted no me conoce. PodrÃamos llegar a ser buenos amigos.
‑¿Usted cree?