Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Un minuto después tenÃa la carta en la mano. Como habÃa supuesto, era de su madre, pues procedÃa del distrito de R***. Estaba pálido. HacÃa mucho tiempo que no habÃa recibido ninguna carta; pero la emoción que agitaba su corazón en aquel momento obedecÃa a otra causa.
‑¡Vete, Nastasia! ¡Vete, por el amor de Dios! Toma tus tres kopeks, pero vete en seguida; te lo ruego.
La carta temblaba en sus manos. No querÃa abrirla en presencia de la sirvienta; deseaba quedarse solo para leerla. Cuando Nastasia salió, el joven se llevó el sobre a sus labios y lo besó. Después estuvo unos momentos contemplando la dirección y observando la caligrafÃa, aquella escritura fina y un poco inclinada que tan familiar y querida le era; la letra de su madre, a la que él mismo habÃa enseñado a leer y escribir hacÃa tiempo. Retrasaba el momento de abrirla: parecÃa experimentar cierto temor. Al fin rasgó el sobre. La carta era larga. La letra, apretada, ocupaba dos grandes hojas de papel por los dos lados.