Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Bien, ¿qué quiere proponerle?
‑Ya hablaremos de eso después.
Y Raskolnikof empezó a beberse en silencio su taza de té.
Piotr Petrovitch sacó el reloj y miró la hora.
‑Un asunto urgente me obliga a dejarles ‑dijo, y añadió, visiblemente resentido y levantándose‑: Así podrán ustedes conversar más libremente.
‑No se vaya, Piotr Petrovitch ‑dijo Dunia‑. Usted tenía la intención de dedicarnos la velada. Además, usted ha dicho en su carta que desea tener una explicación con mi madre.
‑Eso es muy cierto, Avdotia Romanovna ‑dijo Lujine con acento solemne.
Se volvió a sentar, pero conservando el sombrero en sus manos, y continuó:
‑En efecto, desearía aclarar con su madre y con usted ciertos puntos de gran importancia. Pero, del mismo modo que su hermano no quiere exponer ante mí las proposiciones del señor Svidrigailof, yo no puedo ni quiero hablar ante terceros de esos puntos de extrema gravedad. Por otra parte, ustedes no han tenido en cuenta el deseo que tan formalmente les he expuesto en mi carta.
Al llegar a este punto se detuvo con un gesto de dignidad y amargura.