Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Dunia le parecÃa ya algo indispensable para su vida y no podÃa admitir la idea de renunciar a ella. HacÃa ya mucho tiempo, años, que soñaba voluptuosamente con el matrimonio, pero se limitaba a reunir dinero y esperar. Su ideal, en el que pensaba con secreta delicia, era una muchacha pura y pobre (la pobreza era un requisito indispensable), bonita, instruida y noble, que conociera los contratiempos de una vida difÃcil, pues la práctica del sufrimiento la llevarÃa a renunciar a su voluntad ante él; y le mirarÃa durante toda su vida como a un salvador, le venerarÃa, se someterÃa a él, le admirarÃa, verÃa en él el único hombre. ¡Qué deliciosas escenas concebÃa su imaginación en las horas de asueto sobre este anhelo aureolado de voluptuosidad! Y al fin vio que el sueño acariciado durante tantos años estaba a punto de realizarse. La belleza y la educación de Avdotia Romanovna le habÃan cautivado, y la difÃcil situación en que se hallaba habÃa colmado sus ilusiones. Dunia incluso rebasaba el lÃmite de lo que él habÃa soñado. VeÃa en ella una muchacha altiva, noble, enérgica, incluso más culta que él (lo reconocÃa), y esta criatura iba a profesarle un reconocimiento de esclava, profundo, eterno, por su acto heroico; iba a rendirle una veneración apasionada, y él ejercerÃa sobre ella un dominio absoluto y sin lÃmites… Precisamente poco antes de pedir la mano de Dunia habÃa decidido ampliar sus actividades, trasladándose a un campo de acción más vasto, y asà poder ir introduciéndose poco a poco en un mundo superior, cosa que ambicionaba apasionadamente desde hacÃa largo tiempo. En una palabra, habÃa decidido probar suerte en Petersburgo. SabÃa que las mujeres pueden ser una ayuda para conseguir muchas cosas. El encanto de una esposa adorable, culta y virtuosa al mismo tiempo podÃa adornar su vida maravillosamente, atraerle simpatÃas, crearle una especie de aureola… Y todo esto se habÃa venido abajo. Aquella ruptura, tan inesperada como espantosa, le habÃa producido el efecto de un rayo. Le parecÃa algo absurdo, una broma monstruosa. Él no habÃa tenido tiempo para decir lo que querÃa; sólo habÃa podido alardear un poco. Primero no habÃa tomado la cosa en serio, después se habÃa dejado llevar de su indignación, y todo habÃa terminado en una gran ruptura. Amaba ya a Dunia a su modo, la gobernaba y la dominaba en su imaginación, y, de improviso… No, era preciso poner remedio al mal, conseguir un arreglo al mismo dÃa siguiente y, sobre todo, aniquilar a aquel jovenzuelo, a aquel granuja que habÃa sido el causante del mal. Pensó también, involuntariamente y con una especie de excitación enfermiza, en Rasumikhine, pero la inquietud que éste le produjo fue pasajera.