Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Vengo a su casa por última vez ‑dijo Raskolnikof con semblante sombrÃo. Sin duda se olvidaba de que era también su primera visita‑. Acaso no vuelva a verla más ‑añadió.
‑¿Se va de viaje?
‑No sé, no sé… Mañana, quizá…
‑AsÃ, ¿no irá usted mañana a casa de Catalina Ivanovna? ‑preguntó Sonia con un ligero temblor en la voz.
‑No lo sé… Quizá mañana por la mañana… Pero no hablemos de este asunto. He venido a decirle…
Alzó hacia ella su mirada pensativa y entonces advirtió que él estaba sentado y Sonia de pie.
‑¿Por qué está de pie? Siéntese ‑le dijo, dando de pronto a su voz un tono bajo y dulce.
Ella se sentó. Él la miró con un gesto bondadoso, casi compasivo.
‑¡Qué delgada está usted! Sus manos casi se transparentan. Parecen las manos de un muerto.
Se apoderó de una de aquellas manos, y ella sonrió.
‑Siempre he sido asà ‑dijo Sonia.
‑¿Incluso cuando vivÃa en casa de sus padres?
‑SÃ.