Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Además, ¿qué quiere usted que haga? ‑continuó Sonia con vehemencia creciente‑. ¡Si usted supiera lo que ha llorado hoy! Está trastornada, ¿no lo ha notado usted? SÃ, puede usted creerme: tan pronto se inquieta como una niña, pensando en cómo se las arreglará para que mañana no falte nada en la comida de funerales, como empieza a retorcerse las manos, a llorar, a escupir sangre, a dar cabezadas contra la pared. Después se calma de nuevo. ConfÃa mucho en usted. Dice que, gracias a su apoyo, se procurará un poco de dinero y volverá a su tierra natal conmigo. Se propone fundar un pensionado para muchachas nobles y confiarme a mà la inspección. Está persuadida de que nos espera una vida nueva y maravillosa, y me besa, me abraza, me consuela. Ella cree firmemente en lo que dice, cree en todas sus fantasÃas. ¿Quién se atreve a contradecirla? Hoy se ha pasado el dÃa lavando, fregando, remendando la ropa, y, como está tan débil, al fin ha caÃdo rendida en la cama. Esta mañana hemos salido a comprar calzado para Lena y Poletchka, pues el que llevan está destrozado, pero no tenÃamos bastante dinero: necesitábamos mucho más. ¡Eran tan bonitos los zapatos que querÃa… ! Porque tiene mucho gusto, ¿sabe… ? Y se ha echado a llorar en plena tienda, delante de los dependientes, al ver que faltaba dinero… ¡Qué pena da ver estas cosas!
‑Ahora comprendo que lleve usted esta vida ‑dijo Raskolnikof, sonriendo amargamente.