Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Toma; busca ese pasaje y léemelo.
Dicho esto, Raskolnikof se sentó a la mesa, apoyó en ella los codos y el mentón en una mano y se dispuso a escuchar, vaga la mirada y sombrío el semblante.
«Dentro de quince días o de tres semanas ‑murmuró para sí‑ habrá que ir a verme a la séptima versta. Allí estaré, sin duda, si no me ocurre nada peor.»
Sonia dio un paso hacia la mesa. Vacilaba. Había recibido con desconfianza la extraña petición de Raskolnikof. Sin embargo, cogió el libro.
‑¿Es que usted no lo ha leído nunca? ‑preguntó, mirándole de reojo. Su voz era cada vez más fría y dura.
‑Lo leí hace ya mucho tiempo, cuando era niño… Lee.
‑¿Y no lo ha leído en la iglesia?
‑Yo… yo no voy a la iglesia. ¿Y tú?
‑Pues… no ‑balbuceó Sonia.
Raskolnikof sonrió.
‑Se comprende. No asistirás mañana a los funerales de tu padre, ¿verdad?
‑Sí que asistiré. Ya fui la semana pasada a la iglesia para una misa de réquiem.
‑¿Por quién?
‑Por Lisbeth. La mataron a hachazos.