Crimen y Castigo
Crimen y Castigo La tensión nerviosa de Raskolnikof iba en aumento. La cabeza empezaba a darle vueltas.
‑Por lo visto, tenÃas amistad con Lisbeth.
‑SÃ. Era una mujer justa y buena… A veces venÃa a verme… Muy de tarde en tarde. No podÃa venir más… LeÃamos y hablábamos… Ahora está con Dios.
¡Qué extraño parecÃa a Raskolnikof aquel hecho, y qué extrañas aquellas palabras novelescas! ¿De qué podrÃan hablar aquellas dos mujeres, aquel par de necias?
«Aquà corre uno el peligro de volverse loco: es una enfermedad contagiosa», se dijo.
‑¡Lee! ‑ordenó de pronto, irritado y con voz apremiante.
Sonia seguÃa vacilando. Su corazón latÃa con fuerza. La desdichada no se atrevÃa a leer en presencia de Raskolnikof. El joven dirigió una mirada casi dolorosa a la pobre demente.
‑¿Qué le importa esto? Usted no tiene fe ‑murmuró Sonia con voz entrecortada.
‑¡Lee! ‑insistió Raskolnikof‑. ¡Bien le leÃas a Lisbeth!