Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Raskolnikof le miró con despectiva arrogancia.
‑En resumidas cuentas ‑dijo firmemente, levantándose y apartando a Porfirio‑, yo quiero saber claramente si me puedo considerar o no al margen de toda sospecha. DÃgamelo, Porfirio Petrovitch; dÃgamelo ahora mismo y sin rodeos.
‑Ahora me sale con una exigencia. ¡Hasta tiene exigencias, Señor! ‑exclamó Porfirio Petrovitch con perfecta calma y cierto tonillo de burla‑. Pero ¿a qué vienen esas preguntas? ¿Acaso sospecha alguien de usted? Se comporta como un niño caprichoso que quiere tocar el fuego. ¿Y por qué se inquieta usted de ese modo y viene a visitarnos cuando nadie le llama?
‑¡Le repito ‑replicó Raskolnikof, ciego de ira‑ que no puedo soportar… !
‑¿La incertidumbre? ‑le interrumpió Porfirio.
‑¡No me saque de quicio! ¡No se lo puedo permitir! ¡De ningún modo lo permitiré! ¿Lo ha oÃdo? ¡De ningún modo!
Y Raskolnikof dio un fuerte puñetazo en la mesa.
‑¡Silencio! Hable más bajo. Se lo digo en serio. Procure reprimirse. No estoy bromeando.