Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Al decir esto Porfirio, su semblante habÃa perdido su expresión de temor y de bondad. Ahora ordenaba francamente, severamente, con las cejas fruncidas y un gesto amenazador. ParecÃa haber terminado con las simples alusiones y los misterios y estar dispuesto a quitarse la careta. Pero esta actitud fue momentánea.
Raskolnikof se sintió interesado al principio; después, de súbito, notó que la ira le dominaba. Sin embargo, aunque su exasperación habÃa llegado al lÃmite, obedeció ‑cosa extraña‑ la orden de bajar la voz.
‑No me dejaré torturar -murmuró en el mismo tono de antes. Pero advertÃa, con una mezcla de amargura y rencor, que no podÃa obrar de otro modo, y esta convicción aumentaba su cólera‑. Deténgame ‑añadió‑, regÃstreme si quiere; pero aténgase a las reglas y no juegue conmigo. ¡Se lo prohÃbo!
‑Nada de reglas ‑respondió Porfirio, que seguÃa sonriendo burlonamente y miraba a Raskolnikof con cierto júbilo‑. Le invité a venir a verme como amigo.
‑No quiero para nada su amistad, la desprecio. ¿Oye usted? Y ahora cojo mi gorra y me marcho. Veremos qué dice usted, si tiene intención de arrestarme.
Cogió su gorra y se dirigió a la puerta.