Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑De pensar mal.
Cruzaron una mirada.
‑Yo no estaba tranquilo… Cuando llegó usted, el otro dÃa, seguramente embriagado, y dijo a los porteros que lo llevaran a la comisarÃa, después de haber interrogado a los pintores sobre las manchas de sangre, me contrarió que no le hicieran caso por creer que estaba usted bebido. Esto me atormentó de tal modo, que no pude dormir. Y como me acordaba de su dirección, decidimos venir ayer a preguntar…
‑¿Quién vino? ‑le interrumpió Raskolnikof, que empezaba a comprender.
‑Yo. Por lo tanto, soy yo el que le insultó.
‑Entonces, ¿vive usted en aquella casa?
‑SÃ, y estaba en el portal con otras personas. ¿No se acuerda? Hace ya mucho tiempo que vivo y trabajo en aquella casa. Tengo el oficio de peletero. Lo que más me inquieta es…
Raskolnikof se acordó de súbito de toda la escena de la antevÃspera. Efectivamente, en el portal, además de los porteros, habÃa varias personas, hombres y mujeres. Uno de los hombres habÃa dicho que debÃan llevarle a la comisarÃa. No recordaba cómo era el que habÃa manifestado este parecer ‑ni siquiera ahora podÃa reconocerle‑, pero estaba seguro de haberse vuelto hacia él y haber respondido algo…