Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Pues verá ‑dijo el peletero‑. En vista de que los porteros no querÃan ir a dar parte a la policÃa, con el pretexto de que era tarde y les pondrÃan de vuelta y media por haber ido a molestarlos a hora tan intempestiva, me indigné de tal modo, que no pude dormir, y ayer empecé a informarme acerca de usted. Hoy, ya debidamente informado, he ido a ver al juez de instrucción. La primera vez que he preguntado por él, estaba ausente. He vuelto una hora después y no me ha recibido. Al fin, a la tercera vez, me han hecho pasar a su despacho. Se lo he contado todo exactamente como ocurrió. Mientras me escuchaba, Porfirio Petrovitch iba y venÃa apresuradamente por el despacho, golpeándose el pecho con el puño. «¡Qué cosas he de hacer por vuestra culpa, cretinos! ‑exclamó‑. Si hubiera sabido esto antes, lo habrÃa hecho detener.» En seguida salió precipitadamente del despacho, llamó a alguien y se puso a hablar con él en un rincón. Después volvió a mi lado y de nuevo empezó a hacerme preguntas y a insultarme. Mientras él me dirigÃa reproche tras reproche, yo se lo he contado todo. Le he dicho que usted se habÃa callado cuando yo le acusé de asesino y que no me reconoció. Él ha vuelto a sus idas y venidas precipitadas y a darse golpes en el pecho, y cuando le han anunciado a usted, ha venido hacia mà y me ha dicho: «Pasa detrás de esa puerta y, oigas lo que oigas, no te muevas de ahÃ.» Me ha traÃdo una silla, me ha encerrado y me ha advertido: «Tal vez te llame.» Pero cuando ha llegado Nicolás y le ha despedido a usted, en seguida me ha dicho a mà que me marchase, advirtiéndome que tal vez me llamarÃa para interrogarme de nuevo.