Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Dice que todo lo contrario. ¡Je, je! lo que es a usted, palabras no le faltan.
‑Pero ¿por qué no me cree? ¿Por qué razón he de engañarle, dÃgame? Le aseguro que… , y yo soy el primer sorprendido… , ella se muestra conmigo extremadamente, casi morbosamente púdica.
‑Y usted, naturalmente, sigue ilustrándola. ¡Je, je, je! Usted procura hacerle comprender que todos esos pudores son absurdos.¡Je, je, je!
‑¡De ningún modo, de ningún modo; se lo aseguro… ! ¡Oh, qué sentido tan grosero y, perdóneme, tan estúpido da a la palabra «cultura»! Usted no comprende nada. ¡Qué poco avanzado está usted todavÃa, Dios mÃo! Nosotros deseamos la libertad de la mujer, y usted, usted sólo piensa en esas cosas… Dejando a un lado las cuestiones de la castidad y el pudor femeninos, que a mi entender son absurdos e inútiles, admito la reserva de esa joven para conmigo. Ella expresa de este modo su libertad de acción, que es el único derecho que puede ejercer. Desde luego, si ella viniera a decirme: «Te quiero», yo me sentirÃa muy feliz, pues esa muchacha me gusta mucho, pero en las circunstancias actuales nadie se muestra con ella más respetuoso que yo. Me limito a esperar y confiar.
‑SerÃa más práctico que le hiciera usted un regalito. Estoy seguro de que no ha pensado en ello.