Crimen y Castigo

Crimen y Castigo

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‑Mírela. Se da cuenta de que estamos hablando de ella, pero no puede oír lo que decimos: por eso abre tanto los ojos. ¡La muy lechuza! ¡Ja, ja, ja! ‑Un golpe de tos y continuó‑: ¿Qué perseguirá con la exhibición de ese gorro? ‑Tosió de nuevo‑. ¿Ha observado usted que pretende hacer creer a todo el mundo que me protege y me hace un honor asistiendo a esta comida? Yo le rogué que invitara a personas respetables, tan respetables como lo soy yo misma, y que diera preferencia a los que conocían al difunto. Y ya ve usted a quién ha invitado: a una serie de patanes y puercos. Mire ese de la cara sucia. Es una porquería viviente… Y a esos polacos nadie los ha visto nunca aquí. Yo no tengo la menor idea de quiénes son ni de dónde han salido… ¿Para qué demonio habrán venido? Mire qué quietecitos están… ¡Eh, pane! ‑gritó de pronto a uno de ellos‑. ¿Ha comido usted crêpes? ¡Coma más! ¡Y beba cerveza! ¿Quiere vodka… ? Fíjese: se levanta y saluda. Mire, mire… Deben de estar hambrientos los pobres diablos. ¡Que coman! Por lo menos, no arman bulla… Pero temo por los cubiertos de la patrona, que son de plata… Oiga, Amalia Ivanovna -dijo en voz bastante alta, dirigiéndose a la señora Lipevechsel‑, sepa usted que si se diera el caso de que desaparecieran sus cubiertos, yo me lavaría las manos. Se lo advierto.



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