Crimen y Castigo

Crimen y Castigo

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-¿Un gaaallito? ‑exclamó el ex empleado de intendencia‑. ¿Ha dicho usted un ga… gallito?

Catalina Ivanovna no se dignó contestar. Estaba pensativa. De pronto lanzó un suspiro.

Luego dijo, dirigiéndose a Raskolnikof:

‑Usted creerá, sin duda, como cree todo el mundo, que yo era demasiado severa con él. Pues no. Él me respetaba, me respetaba profundamente. Tenía un hermoso corazón y yo le compadecía a veces. Cuando, sentado en su rincón, levantaba los ojos hacia mí, yo me conmovía de tal modo, que sentía la tentación de mostrarme cariñosa con él. Pero me retenía la idea de que inmediatamente empezaría a beber de nuevo. Tenía que ser rigurosa, pues éste era el único modo de frenarlo.

‑Sí ‑dijo el de intendencia, apurando una nueva copa de vodka‑, había que tirarle de los pelos. Y muchas veces.

‑Hay imbéciles ‑replicó vivamente Catalina Ivanovna ‑a los que no sólo habría que tirar del pelo, sino también que echarlos a la calle a escobazos… , y no me refiero al difunto precisamente.

Sus mejillas enrojecían cada vez más, la ahogaba la rabia y parecía a punto de estallar. Algunos invitados reían disimuladamente: al parecer, les divertía la escena. No faltaban los que incitaban al de intendencia, hablándole en voz baja: eran los eternos cizañeros.


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