Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¡Qué estúpido! ‑exclamó Catalina Ivanovna, dirigiéndose a Raskolnikof‑. ¡FÃjese! ¿Por qué le habrán traÃdo? En cuanto a Piotr Petrovitch, siempre he estado segura de él, y en verdad puede decirse ‑ahora se dirigÃa a Amalia Ivanovna y con un gesto tan severo que la patrona se sintió intimidada‑ que no se parece en nada a sus quisquillosas provincianas. Mi padre no las habrÃa querido ni para cocineras, y si mi difunto esposo les hubiera hecho el honor de recibirlas, habrÃa sido tan sólo por su excesiva bondad.
‑¡Y cómo le gustaba beber! ‑exclamó de pronto el antiguo empleado de intendencia mientras vaciaba su décima copa de vodka‑. ¡TenÃa verdadera debilidad por la bebida!
Catalina Ivanovna se revolvió al oÃr estas palabras.
‑Mi difunto marido tenÃa ciertamente ese defecto, nadie lo ignora, pero era un hombre de gran corazón que amaba y respetaba a su familia. Su desgracia fue que, llevado de su bondad excesiva, alternaba con todo el mundo, y sólo Dios sabe los desarrapados con que se reunirÃa para beber. Los individuos con que trataba valÃan menos que su dedo meñique. Figúrese usted, Rodion Romanovitch, que encontraron en su bolsillo un gallito de mazapán. Ni siquiera cuando estaba embriagado olvidaba a sus hijos.