Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Lo haré, correré con esa responsabilidad… Pero cálmese, señora. Ya veo que usted no teme a nada ni a nadie. Esto… , esto se debÃa hacer en la comisarÃa… Aunque ‑prosiguió Lujine, balbuceando -hay aquà bastantes testigos… Estoy dispuesto a registrarla… Sin embargo, es una cuestión delicada, a causa de la diferencia de sexos… Si Amalia Ivanovna quisiera ayudarnos… Desde luego, no es asà como se hacen estas cosas, pero hay casos en que…
‑¡Hágala registrar por quien quiera! ‑vociferó Catalina Ivanovna‑. Enséñale los bolsillos… ¡Mira, mira, monstruo! En éste no hay nada más que un pañuelo, como puedes ver. Ahora el otro. ¡Mira, mira! ¿Lo ves bien?
Y Catalina Ivanovna, no contenta con vaciar los bolsillos de Sonia, los volvió del revés uno tras otro. Pero apenas deshizo los pliegues que se habÃan formado en el forro del segundo, el de la derecha, saltó un papelito que, describiendo en el aire una parábola, cayó a los pies de Lujine. Todos lo vieron y algunos lanzaron una exclamación. Piotr Petrovitch se inclinó, cogió el papel con los dedos y lo desplegó: era un billete de cien rublos plegado en ocho dobles. Lujine lo hizo girar en su mano a fin de que todo el mundo lo viera.
‑¡Ladrona! ¡Fuera de aquÃ! ¡La policÃa! ¡La policÃa! ‑exclamó la señora Lipevechsel‑. ¡Deben mandarla a Siberia! ¡Fuera de aquÃ!