Crimen y Castigo

Crimen y Castigo

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‑Eso poco importa. Diga: ¿qué decisión tomaría usted?

‑¿A qué viene hacer esas preguntas absurdas? ‑repuso Sonia con un gesto de desagrado.

‑Dígame: ¿dejaría usted que Lujine viviera y pudiese cometer sus desafueros? ¿Es que ni siquiera tiene valor para tomar una decisión en teoría?

‑Yo no conozco las intenciones de la Divina Providencia. ¿Por qué me interroga sobre hechos que no existen? ¿A qué vienen esas preguntas inútiles? ¿Acaso es posible que la existencia de un hombre dependa de mi voluntad? ¿Cómo puedo erigirme en árbitro de los destinos humanos, de la vida y de la muerte?

‑Si hace usted intervenir a la Providencia divina, no hablemos más ‑dijo Raskolnikof en tono sombrío.

Sonia respondió con acento angustiado:

‑Dígame francamente qué es lo que desea de mí… Sólo oigo de usted alusiones. ¿Es que ha venido usted con el propósito de torturarme?

Sin poder contenerse, se echó a llorar. Él la miró tristemente, con una expresión de angustia. Hubo un largo silencio.

Al fin, Raskolnikof dijo en voz baja:

‑Tienes razón, Sonia.


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