Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Al llegar al fin de su discurso bajó la cabeza: estaba agotado.
‑¡No, no! ‑exclamó Sonia, angustiada‑. ¡No es eso! ¡No es posible! Tiene que haber algo más.
‑Creas lo que creas, te he dicho la verdad.
‑¡Pero qué verdad, Dios mÃo!
‑Al fin y al cabo, Sonia, yo no he dado muerte más que a un vil y malvado gusano.
‑Ese gusano era una criatura humana.
‑Cierto, ya sé que no era gusano ‑dijo Raskolnikof, mirando a Sonia con una expresión extraña‑. Además, lo que acabo de decir no es de sentido común. Tienes razón: son motivos muy diferentes los que me impulsaron a hacer lo que hice… Hace mucho tiempo que no habÃa dirigido la palabra a nadie, Sonia, y por eso sin duda tengo ahora un tremendo dolor de cabeza.
Sus ojos tenÃan un brillo febril. Empezaba a desvariar nuevamente, y una sonrisa inquieta asomaba a sus labios. Bajo su animación ficticia se percibÃa una extenuación espantosa. Sonia comprendió hasta qué extremo sufrÃa Raskolnikof. También ella sentÃa que una especie de vértigo la iba dominando… ¡Qué modo tan extraño de hablar! Sus palabras eran claras y precisas, pero… , pero ¿era aquello posible? ¡Señor, Señor… ! Y se retorcÃa las manos, desesperada.