Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Raskolnikof, aunque miraba a Sonia al pronunciar estas palabras, no se preocupaba por saber si ella le comprendÃa. La fiebre volvÃa a dominarle y era presa de una sombrÃa exaltación (en verdad, hacÃa mucho tiempo que no habÃa conversado con ningún ser humano). Sonia comprendió que aquella trágica doctrina constituÃa su ley y su fe.
‑Entonces me convencÃ, Sonia ‑continuó el joven con ardor‑, de que sólo posee el poder aquel que se inclina para recogerlo. Está al alcance de todos y basta atreverse a tomarlo. Entonces tuve una idea que nadie, ¡nadie!, habÃa tenido jamás. Vi con claridad meridiana que era extraño que nadie hasta entonces, viendo los mil absurdos de la vida, se hubiera atrevido a sacudir el edificio en sus cimientos para destruirlo todo, para enviarlo todo al diablo… Entonces yo me atrevà y maté… Yo sólo querÃa llevar a cabo un acto de audacia, Sonia. No querÃa otra cosa: eso fue exclusivamente lo que me impulsó.
‑¡Calle, calle! ‑exclamó Sonia fuera de sÃ‑. Usted se ha apartado de Dios, y Dios le ha castigado, lo ha entregado al demonio.
‑AsÃ, Sonia, ¿tú crees que cuando todas estas ideas acudÃan a mà en la oscuridad de mi habitación era que el diablo me tentaba?
‑¡Calle, ateo! No se burle… ¡Señor, Señor! No comprende nada…