Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Allà estaban los dos, tristes y abatidos, como náufragos arrojados por el temporal a una costa desolada. Raskolnikof miraba a Sonia y comprendÃa lo mucho que lo amaba. Pero ‑cosa extraña‑ esta gran ternura produjo de pronto al joven una impresión penosa y amarga. Una sensación extraña y horrible. HabÃa ido a aquella casa diciéndose que Sonia era su único refugio y su única esperanza. HabÃa ido con el propósito de depositar en ella una parte de su terrible carga, y ahora que Sonia le habÃa entregado su corazón se sentÃa infinitamente más desgraciado que antes.
‑Sonia ‑le dijo‑, será mejor que no vengas a verme cuando esté encarcelado.
Ella no contestó. Lloraba. Transcurrieron varios minutos.
De pronto, como obedeciendo a una idea repentina, Sonia preguntó:
‑¿Llevas alguna cruz?
Él la miró sin comprender la pregunta.
‑No, no tienes ninguna, ¿verdad? Toma, quédate ésta, que es de madera de ciprés. Yo tengo otra de cobre que fue de Lisbeth. Hicimos un cambio: ella me dio esta cruz y yo le regalé una imagen. Yo llevaré ahora la de Lisbeth y tú la mÃa. Tómala ‑suplicó‑. Es una cruz, mi cruz… Desde ahora sufriremos juntos, y juntos llevaremos nuestra cruz.
‑Bien, dame ‑dijo Raskolnikof.