Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¿Dónde están los niños? ‑preguntó con voz trémula‑. ¿Los has traÃdo, Polia? ¡Los muy tontos! ¿Por qué habéis huido? ¿Por qué?
La sangre cubrÃa aún sus delgados labios. La enferma paseó la mirada por la habitación.
‑Aquà vives, ¿verdad, Sonia? No habÃa venido nunca a tu casa, y al fin he tenido ocasión de verla.
Se quedó mirando a Sonia con una expresión llena de amargura.
‑Hemos destrozado tu vida por completo… Polia, Lena, Kolia, venid… Aquà están, Sonia… Tómalos… Los pongo en tus manos… Yo he terminado ya… Se acabó la fiesta… Acostadme… Dejadme morir tranquila.
La tendieron en la cama.
‑¿Cómo? ¿Un sacerdote? ¿Para qué? ¿Es que a alguno de ustedes les sobra un rublo… ? Yo no tengo pecados… Dios me perdonará… Sabe lo mucho que he sufrido en la vida… Y si no me perdona, ¿qué le vamos a hacer?
El delirio de la fiebre se iba apoderando de ella. Sus ideas eran cada vez más confusas. A cada momento se estremecÃa, miraba al cÃrculo formado en torno del lecho, los reconocÃa a todos. Después volvÃa a hundirse en el delirio. Su respiración era silbante y penosa. Se oÃa en su garganta una especie de hervor.