Crimen y Castigo
Crimen y Castigo A veces salÃa de la ciudad y se alejaba por la carretera. En una ocasión incluso se habÃa internado en un bosque. Pero cuanto más solitario y apartado era el paraje, más claramente percibÃa Raskolnikof la presencia de algo semejante a un ser, cuya proximidad le aterraba menos que le abatÃa.
Por eso se apresuraba a volver a la ciudad y se mezclaba con la multitud. Entraba en las tabernas, en los figones; se iba a la plaza del Mercado, al mercado de las Pulgas. Asà se sentÃa más tranquilo y más solo.
Una vez que entró en uno de estos figones, oyó que estaban cantando. AnochecÃa. Estuvo una hora escuchando, e incluso con gran satisfacción. Pero al fin una profunda agitación volvió a apoderarse de él y le asaltó una especie de remordimiento.
«Aquà estoy escuchando canciones ‑se dijo‑. Pero ¿es esto lo que debo hacer?» Además, comprendió que no era éste su único motivo de inquietud. HabÃa otra cuestión que debÃa resolverse inmediatamente, pero que no lograba identificar y que ni siquiera podÃa expresar con palabras. Lo sentÃa en su interior como una especie de torbellino.
«Más vale luchar ‑se dijo‑: encontrarse cara a cara con Porfirio o Svidrigailof… SÃ, recibir un reto: tener que rechazar un ataque… No cabe duda de que esto es lo mejor.»