Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Al oÃr estas palabras, Raskolnikof se estremeció.
‑Pero ¿quién es usted ‑exclamó‑ para hacer el profeta? ¿Dónde está esa cumbre apacible desde la que se permite usted dejar caer sobre mà esas máximas llenas de una supuesta sabidurÃa?
‑¿Quién soy? Un hombre acabado y nada más. Un hombre sensible y acaso capaz de sentir piedad, y que tal vez conoce un poco la vida… , pero completamente acabado. El caso de usted es distinto. Tiene usted ante sà una verdadera vida (¿quién sabe si todo lo ocurrido es en usted como un fuego de paja que se extingue rápidamente?). ¿Por qué, entonces, temer al cambio que se va a operar en su existencia? No es el bienestar lo que un corazón como el suyo puede echar de menos. ¿Y qué importa la soledad donde usted se verá largamente confinado? No es el tiempo lo que debe preocuparle, sino usted. Conviértase en un sol y todo el mundo lo verá. Al sol le basta existir, ser lo que es. ¿Por qué sonrÃe? ¿Por mi lenguaje poético? JurarÃa que usted cree que estoy utilizando la astucia para atraerme su confianza. A lo mejor tiene usted razón. ¡Je, je! No le pido que crea todas mis palabras, Rodion Romanovitch. Hará usted bien en no creerme nunca por completo. Tengo la costumbre de no ser jamás completamente sincero. Sin embargo, no olvide esto: el tiempo le dirá si soy un hombre vil o un hombre leal.