Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¿Cuándo piensa usted mandar que me detengan?
‑Puedo concederle todavÃa un dÃa o dos de libertad. Reflexione, amigo mÃo, y ruegue a Dios. Esto es lo que le interesa, créame.
‑¿Y si huyera? ‑preguntó Raskolnikof con una sonrisa extraña.
‑No, usted no huirá. Un mujik huirÃa; un revolucionario de los de hoy, también, pues se le pueden inculcar ideas para toda la vida. Pero usted ha dejado de creer en su teorÃa. ¿Para qué ha de huir? ¿Qué ganarÃa usted huyendo? Y ¡qué vida tan horrible la del fugitivo! Para vivir hace falta una situación determinada, fija, y aire respirable. ¿EncontrarÃa usted ese aire en la huida? Si huyese usted, volverÃa. Usted no puede pasar sin nosotros. Si lo hiciera encarcelar, para un mes o dos, por ejemplo, o tal vez para tres, un buen dÃa, téngalo presente, vendrÃa usted de pronto y confesarÃa. VendrÃa usted aun sin darse cuenta. Estoy seguro de que decidirá usted someterse a la expiación. Ahora no me cree usted, pero lo hará, porque la expiación es una gran cosa, Rodion Romanovitch. No se extrañe de oÃr hablar asà a un hombre que ha engordado en el bienestar. El caso es que diga la verdad… , y no se burle usted. Estoy profundamente convencido de lo que acabo de decirle. Mikolka tiene razón. No, usted no huirá, Rodion Romanovitch.