Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Raskolnikof se levantó y cogió su gorra. Porfirio Petrovitch se levantó también.
‑¿Va usted a dar una vuelta? La noche promete ser hermosa. Aunque a lo mejor hay tormenta… Lo cual seria tal vez preferible, porque asà se refrescarÃa la atmósfera.
‑Porfirio Petrovitch ‑dijo Raskolnikof en tono seco y vehemente‑, que no le pase por la imaginación que le he hecho la confesión más mÃnima. Usted es un hombre extraño, y yo sólo le he escuchado por curiosidad. Pero no he confesado nada, absolutamente nada. No lo olvide.
‑Entendido; no lo olvidaré… Está usted temblando… No se preocupe, amigo mÃo: se cumplirán sus deseos. Pasee usted, pero sin rebasar los lÃmites… Ahora voy a hacerle un último ruego ‑añadió bajando la voz‑. Es un punto un poco delicado pero importante. En el caso, a mi juicio sumamente improbable de que en estas cuarenta y ocho o cincuenta horas le asalte la idea de poner fin a todo esto de un modo poco común, en una palabra, quitándose la vida (y perdone esta absurda suposición), tenga la bondad de dejar escrita una nota; dos lÃneas, nada más que dos lÃneas, indicando el lugar donde está la piedra. Esto será lo más noble… En fin, hasta más ver. Que Dios le inspire.