Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Svidrigailof, impaciente, habÃa dado un puñetazo en la mesa. Estaba congestionado. Raskolnikof comprendió que el vaso y medio de champán que se habÃa bebido a pequeños sorbos le habÃa transformado profundamente, y decidió aprovechar esta circunstancia para sonsacarle, pues aquel hombre le inspiraba gran desconfianza.
‑Después de todo eso ‑dijo resueltamente, con el propósito de exasperarle‑, no me cabe la menor duda de que ha venido aquà por mi hermana.
‑Nada de eso ‑respondió Svidrigailof haciendo esfuerzos por serenarse‑. Ya le he dicho que… Además, su hermana no me puede ver.
‑No lo dudo, pero no se trata de eso.
‑¿De modo que está usted seguro de que no me puede soportar? ‑Svidrigailof le hizo un guiño y sonrió burlonamente‑. Tiene usted razón: le soy antipático. Pero nunca se pueden poner las manos al fuego sobre lo que pasa entre marido y mujer o entre dos amantes. Siempre hay un rinconcito oculto que sólo conocen los interesados. ¿Está usted seguro de que Avdotia Romanovna me mira con repugnancia?
‑Ciertas frases y consideraciones de su relato me demuestran que usted sigue abrigando infames propósitos sobre Dunia.